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    Semblanza del Maestro Carlo Ginzburg



    Figura insoslayable de la historiografía de la segunda mitad del siglo XX, escritor excepcional, productor de preguntas originales y asombrosas, maestro de generaciones de historiadores.

    Nació el 15 de abril de 1939, en el seno de una familia de intelectuales comprometidos con los asuntos de su tiempo. Natalia Ginzburg, su madre, fue una reconocida escritora y la primera traductora al italiano de las obras de Marcel Proust. Su padre, Leone Ginzburg, había emigrado a Italia desde Odesa y se dedicó a la filología y a la docencia de literatura rusa, además de cofundar la reconocida editorial Einaudi. Su militancia antifascista marcó inestables derroteros para toda la familia hasta que, en 1943, fue capturado por la Gestapo y murió en la prisión Regina Coeli de Roma unos meses después a causa de las torturas. Su hijo Carlo no había cumplido aún cinco años.

    Fue temprano e intenso el encuentro de Ginzburg con la literatura y también determinante en su decisión de estudiar historia. A los 18 años se cruzó con la obra de los filólogos Erich Auerbach y Leo Spitzer, ambos con estudios literarios que exploraban las posibilidades interpretativas que brindaba la atención al detalle, una conducta que Ginzburg desarrollaría posteriormente.

    Se formó como historiador en la Escuela Normal Superior de Pisa, entre 1957 y 1962. Allí se encontró con la producción de los Annales, escuela historiográfica francesa capital en la transformación de la disciplina durante el siglo XX. Del enjambre de autores como Lucien Febvre, Fernand Braudel y Ernest Labrousse, brilló por su impacto la figura de Marc Bloch y en particular su libro Los reyes taumaturgos (1924). Con esa lectura se abrieron para Ginzburg dos universos de posibilidades en los que se sumergió de forma total: la historia cultural y la de las clases populares.

    Al amparo de esas preocupaciones comenzó su carrera profesional, en 1962, hurgando en los archivos de la Inquisición de los siglos XVI y XVII ubicados en Venecia. Allí se encontró en primer lugar con los benandanti, denominación dada a los campesinos nacidos con «camisa» —que hacía referencia al saco amniótico que cubría sus cabezas— que se asumían como protectores de las cosechas y de la fertilidad de los campos de Friuli, al norte de Italia. Siguiendo esos rituales, llegó Ginzburg al Archivo de la Curia Arzobispal de Udine, la capital de Friuli, y descubrió que la Inquisición había llevado adelante docenas de juicios contra ellos, interpretando sus ritos como adoración diabólica. De este asunto trató su primer libro, publicado en 1966, Los Benandanti: Brujería y cultos agrarios entre los siglos XVI y XVII.

    Fue en esos mismos archivos donde encontró los expedientes de dos juicios por herejía contra el molinero friulano Domenico Scandella, llamado Menocchio, muerto en la hoguera alrededor de 1600 por orden del Santo Oficio. Su crimen había consistido en la creación a base de lecturas —Menocchio leía y escribía— de una cosmovisión y una teoría sobre la creación del mundo que hacía análoga a la formación del queso. Este descubrimiento llevó, en 1976, a Ginzburg a la publicación de su segundo libro, parteaguas de la historiografía contemporánea, el que tantos historiadores recomendamos a quien quiera escucharnos: El queso y los gusanos.

    Resulta por lo menos desafiante intentar transmitir la singularidad de la apuesta de Ginzburg. Para empezar, propuso un viraje radical de perspectiva respecto de la historia económica y serial que se practicaba por entonces. Ajustó la escala de observación de su problema de investigación, poniendo el foco en un individuo singular, excepcional incluso, a la vez que intrascendente, anónimo. A través del estudio del molinero Menocchio, de su vida, su juicio y su muerte, el historiador reflexionó sobre las tensiones y transformaciones culturales en la Europa de fines del siglo XVI, entre la Reforma protestante y la expansión de la imprenta y la palabra escrita. Con ello demostró que las interpretaciones estructurales, en clave de larga duración, debían dejar espacio a los matices, las transgresiones, las contingencias y los márgenes de libertad humana que enfoques como el suyo permitían asir.

    A este, su trabajo más conocido, se le atribuyó un papel inaugural dentro de una nueva forma de practicar la disciplina, la microhistoria, aunque fue publicado antes de que la categoría entrara en circulación. Esto sucedió unos años más tarde, en 1981, cuando la editorial Einaudi —cofundada por su padre Leone— creó una colección de libros bajo ese título, que dirigió Carlo Ginzburg junto con otro famoso «microhistoriador», Giovanni Levi. Allí, el primer volumen fue precisamente un texto de Ginzburg, Pesquisa sobre Piero, un ejercicio de historia del arte donde ponía en práctica el «paradigma indiciario» antes formulado en un ensayo de 1979, que acercaba el método de los historiadores al de los detectives y psicoanalistas por su capacidad de usar los más pequeños rastros o pistas para producir conocimiento. El debate metodológico también tomó forma en la revista cardinal de la historia social italiana, Quaderni Storici, en el que participaron historiadores como Edoardo Grendi y Carlo Poni.

    A fines de la década del ochenta, tras haber dictado clases en Roma, Bolonia y Lecce, Ginzburg se trasladó a Estados Unidos, donde ocupó la cátedra de Estudios del Renacimiento Italiano en la Universidad de California, Los Ángeles, entre 1988 y 2006. Por esos años participó de uno de los grandes debates disciplinares vinculado al llamado «giro lingüístico» de las ciencias sociales, cuyas manifestaciones más radicales proponían que el relato histórico no podía diferenciarse de la ficción. Contrario a este escepticismo y al posestructuralismo que proclamaba «el fin de la historia» en la última década del siglo XX, Ginzburg publicó varias obras, destacando en 2006 el libro El hilo y las huellas: lo verdadero, lo falso, lo ficticio. Allí defendió que el trabajo de los historiadores implicaba, más allá del relato, un compromiso irrenunciable con la verdad que debía guiar la reconstrucción de los hechos. Sobre este tema ya había avanzado en El juez y el historiador, escrito en 1993 para señalar los errores del juicio a su amigo militante de izquierda Adriano Sofri, que pronto se transformó en un alegato sobre la complejidad de la búsqueda de la verdad histórica.

    Volviendo a 2006, ese fue también el año en el que retornó a Italia y a su propia casa de estudios, la Escuela Normal Superior de Pisa, donde fue catedrático de Historia Cultural Europea y posteriormente profesor emérito, y donde continuó escribiendo, publicando y participando de los debates de su época, que es también la nuestra. La muerte lo encontró reflexionando sobre su admirado Marc Bloch, escribiendo sobre los lapsus que encontraba en sus obras, pensando en el discurso para la entrada del historiador francés en el Panteón de París, el máximo honor póstumo concedido por la República.

    Lo extrañaremos. Su obra y su vida nos han transmitido el entusiasmo por encontrar lo diverso, lo aleatorio, lo sospechoso, lo marginal, lo anormal; por la lectura «a contrapelo» de las fuentes; por descubrir el universo que quizá se esconde detrás del gesto más anodino. Ginzburg nos enseñó con maestría y paciencia que el estudio del pasado es, en efecto, una madeja de posibilidades inciertas donde cada quien puede esbozar su pincelada. Lo seguiremos recordando y honrando con brillo en los ojos.

    Fuente: Semanario Brecha, 26 junio de 2026.
    Autora: Julieta de León.
    Fotografía: Derzsi Elekes Andor. Tomada de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Carlo_Ginzburg.jpg




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