En ocasión de un nuevo 14 de agosto y a 30 años de las ocupaciones de 1996, compartimos una nota escrita por Diego Dubrehil, profesor de Historia egresado del IPA y estudiante de la maestría en Historia Rioplatense de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Su investigación se centra en el movimiento estudiantil en la década de 1990.
El 14 de agosto en nuestra historia
Si hubiera que marcar un punto de inflexión en la configuración del Terrorismo de Estado en Uruguay la fecha 14 de agosto de 1968 resulta clave. En el contexto de las medidas prontas de seguridad, aplicadas desde junio por parte del gobierno de Jorge Pacheco Areco, la policía dispara con armas de fuego contra una movilización estudiantil resultando asesinado el estudiante Líber Arce. Será el primero de una lista de mártires estudiantiles que se acrecentará en los meses y años posteriores. A partir de ese momento queda en evidencia que el hecho de participar en una manifestación o protesta social reclamando cosas básicas como el boleto estudiantil o el incremento del presupuesto para la enseñanza puede llegar a costar la vida. Ese cambio cualitativo tan dramático cargó de simbología a la fecha y a su posterior conmemoración.
Hacia el final de la dictadura y sobre todo desde la recuperación de la institucionalidad en 1985 el recuerdo del 14 de agosto fue resignificándose. Recorriendo los años y las distintas formas de conmemoración pueden identificarse con claridad las diferentes etapas por las que ha transitado la historia política y social de nuestro país y el papel que el movimiento estudiantil ha tenido en ellas.
Desde la transición los 14 de agosto eran conmemorados mediante la realización de actos centrales. De acuerdo al relevamiento realizado por Sempol1 (2006): “de 1984 a 1986, a los actos del día de los “mártires estudiantiles” concurrieron representantes de todos los partidos políticos, y de todas las agrupaciones gremiales, más allá de que fueran de izquierda o derecha.” Esta situación se modifica luego de la aprobación de la ley de caducidad, donde la conmemoración pasa a “teñirse fuertemente de la pugna que se estaba procesando en el seno de la sociedad uruguaya”. Tras el resultado del referéndum y la confirmación mayoritaria de la ley de caducidad: “En 1989 la conmemoración del día de los “mártires estudiantiles” perdió peso y se limitó a un humilde acto en la Facultad de Odontología.”
Los años noventa verán crecer el protagonismo de los estudiantes secundarios. A principios de la década emerge una generación con renovadas tácticas y concepciones organizativas, que irá adquiriendo cada vez mayor resonancia en la sociedad y que sentará las bases de uno de los ciclos de protesta más significativos en la historia del movimiento estudiantil uruguayo.
El año 1996 y un nuevo punto de inflexión
Durante la marcha que conmemoraba el 28° aniversario del Día de los Mártires Estudiantiles circula la noticia sobre la resolución de ocupación que los gremios de cuatro liceos habían adoptado y que se llevaría a cabo a partir de la jornada siguiente. Se cumple en estos días el 30° aniversario de ese proceso, casi equidistante entre el asesinato de Líber Arce y nuestro presente, y momento en el que comenzaba uno de los conflictos estudiantiles más extenso, participativo y extendido de todo el período posdictadura. El motivo central del conflicto fue la implementación de la Reforma Educativa impulsada por el sociólogo Germán Rama. Se denunciaba la adopción de lógicas y dictámenes emanados de organismos multilarerales de crédito tales como el Banco Mundial, supeditando la educación y sus contenidos a los intereses del mercado.2 Se criticaba especialmente el carácter inconsulto de la reforma, exigiéndose la implementación de un gran debate nacional con la más amplia participación de la sociedad. Con el paso de los días las ocupaciones se extendieron a decenas de centros de estudio (liceos y escuelas técnicas de la UTU), llegando también a institutos de formación docente como el IPA y Magisterio. La extensión territorial fue inédita, abarcando varios departamentos del interior del país. Se trató de un movimiento masivo y en gran medida espontáneo, aunque se enmarcara en repertorios de protesta y formas organizativas desarrolladas con anterioridad. Quizá la mayor novedad la constituye un cambio en la concepción de la medida de ocupación o control estudiantil de los centros. Para las generaciones precedentes se trataba de una medida extrema, a la que se llegaba luego de un largo conflicto en el que se iban quemando etapas y subiendo escalones. Para los protagonistas del 96 la toma de los centros es la primera medida, desde la que se acumula para combinarla con otras que dinamizan el conflicto y generan disrupción. Las calles se llenaron de formas diversas de expresión estudiantil en una voluntad expresa de llevar el conflicto puertas afuera de los centros, mientras puertas adentro se articulaba una red de comisiones de trabajo, con tareas tan disímiles como la obtención de suministros básicos para sostener las ocupaciones hasta la realización de talleres y clases abiertas, todo ello discutido y resuelto en larguísimas asambleas, donde la horizontalidad y la más amplia participación fueron la norma. La organización que agrupaba al movimiento estudiantil era la CIESU (Coordinadora intergremial de estudiantes de secundaria y UTU), heredera de la Coordinadora de estudiantes que había sido creada en 1991.
Las raíces del 96: Un nuevo movimiento estudiantil en el contexto del Uruguay de los noventa
1989 es un año de quiebre por varios acontecimientos nacionales e internacionales. La Caída del Muro de Berlín marca el comienzo del fin del llamado “Socialismo Real”. La izquierda a nivel mundial sufre el impacto y comienza un replanteo ideológico no exento de fracturas y realineamientos. En nuestro país tres muertes generan repercusión: la del músico popular Alfredo Zitarrosa en enero, la de Raúl Sendic líder histórico de los Tupamaros en abril, y en diciembre la de Rodney Arismendi líder histórico de los comunistas. La derrota del Voto Verde en el referéndum del 16 de Abril será un golpe muy duro para el movimiento popular que se había movilizado durante años por verdad y justicia frente a los crímenes de la dictadura. La derrota llevará a un silenciamiento de la temática vinculada a las violaciones de los derechos humanos durante más de seis años, hasta que en 1996 (también en este terreno año bisagra) se retoma con fuerza tras la convocatoria el 20 de mayo a la Primera Marcha del Silencio.
Buena parte de una generación de militantes políticos y sociales abandona la participación activa a partir de 1989, e incluso algunos se sienten defraudados renegando de sus concepciones anteriores. En lo estudiantil puede observarse el fin de un ciclo: el iniciado con la denominada Generación 833. La FES (Federación de estudiantes de secundaria) se disuelve a fines de 1989 en medio de feroces divisiones y discusiones internas. El año 1990 será de casi total inacción estudiantil.4 Ni siquiera se registran actividades por el 14 de agosto ese año, situación que se modifica a partir de 1991. Desde ese momento y a contramano del clima desmovilizador de la época, ingresa al ruedo una nueva generación de militantes estudiantiles. Dicha irrupción coincide con el segundo gobierno pos dictadura, administración del Partido Nacional encabezada por Luis Alberto Lacalle que marcará una profundización de políticas neoliberales y una agudización de la represión hacia los movimientos sociales y en particular hacia el estudiantil.
Las reivindicaciones en este periodo incluirán temáticas que trascienden el ámbito de la enseñanza, hecho constante a lo largo de esos años donde los estudiantes, al tiempo que se organizan por sus reclamos particulares, son activos partícipes de las luchas generales como el referéndum en defensa de las empresas públicas, el apoyo a los sindicatos en conflicto (Funsa, Inlasa, Conagel, marcha de El Espinillar, entre otros), la preocupación por la incorporación de Uruguay en el Mercosur o la situación de los derechos humanos en las cárceles. Incluso aparecen referencias a la “libre sexualidad” que se vincularon con un hecho coyuntural, como fue la designación del ministro Delpiazzo en Salud Pública, integrante del Opus Dei que cobró notoriedad al pretender eliminar las referencias al uso del preservativo en una campaña de prevención del SIDA.
A partir de 1992 la celebración del 14 de agosto mediante una marcha central cobrará un carácter masivo y quedará definitivamente instalada. Los detalles del recorrido van a ser tema de discusión particular año a año.
Una característica específica radicó en la intención de que en los 14 de agosto confluyeran las luchas del pasado con las del presente, en una movilización que fuera, al mismo tiempo que conmemoración y recuerdo, combate por los temas y las preocupaciones del momento y donde el protagonismo absoluto lo tuviera el movimiento estudiantil.
La reconstrucción de los hitos y procesos de esta historia más reciente viene cobrando fuerza. Nuevos materiales en diferentes formatos verán la luz en estos días y seguirán aportando miradas a una etapa que merece ser jerarquizada, investigada y analizada en profundidad.
Diego Dubrehil
Estudiante
Maestría en Historia Rioplatense de la FHCE
- Sempol, Diego, “De Líber Arce a liberarse. El movimiento estudiantil uruguayo y las conmemoraciones del 14 de agosto (1968-2001)”, en Jelin, Elizabeth; Sempol, Diego (2006) El pasado en el futuro: Los movimientos juveniles, Siglo XXI, p. 86. ↩︎
- Soler Roca, M; El Banco Mundial metido a educador, 1997, FHCE Revista de la educación del pueblo. ↩︎
- Zibechi, Raúl, La revuelta juvenil de los 90, Nordan, Montevideo, 1997, capítulo III. ↩︎
- Zibechi, ob. cit. Pág 85 a 88. ↩︎
*Imagen tomada del audiovisual Lapa-FIC #tumemorianosimporta
